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Mensaje a Madrid: revuelta

En Madrid esperaban que estas elecciones andaluzas enviaran un mensaje para clarificar los escenarios de competición política de cara al ciclo electoral de 2019. Y el mensaje ha sido contundente: una revuelta del electorado. Aunque no tan clarificador: es cierto que esperábamos un torbellino en la derecha, incluida la entrada de Vox. Pero ese torbellino no se puede explicar sin la fuerte desafección electoral de centenares de miles de electores de izquierda. Y eso no estaba en el pronóstico.

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Se busca líder de la derecha

Con las elecciones andaluzas que se celebrarán el 2 de diciembre se abre un ciclo electoral que probablemente cerrará el período de transformación de la política española vivido en el último lustro. Cerrar no significa recuperar la estabilidad ni que el escenario político no siga cambiando. Pero tras estos cinco años, estamos en disposición de comprender mejor adónde nos ha llevado el trepidante tsunami que se produjo en 2013-2014. Se clarifica el escenario. Qué ha cambiado y qué consecuencias nos ha traído para la representación de los ciudadanos y para la gobernación de las políticas públicas. Es cierto que quedan algunas incógnitas pendientes: eso es lo que aclararán las urnas andaluzas.

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Agenda Pública cumple hoy seis años. En paralelo a otros blogs y medios digitales vecinos, también dedicados al análisis político o económico, nuestra irrupción pretendía contribuir a mejorar la conversación política entre expertos (académicos y analistas) y el público. Durante este tiempo, hemos coexistido con una polarización política creciente, dentro y fuera de la arena política española. Y la polarización ha marcado la forma no ya sólo en la que nos comportamos políticamente, sino en la que nos informamos e interpretamos la información política que recibimos.

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¿Dimitir ha dejado de ser un nombre ruso en la política española? Así lo sugeriría la vertiginosa renovación que está experimentando el Gobierno Sánchez, forzada por los escándalos que han afectado a algunos de sus miembros. La dimisión de la ministra de Sanidad, Carmen Montón, no sólo altera la celebración de los primeros 100 días de Ejecutivo socialista, sino que empieza a consolidar una nueva pauta en la forma de abordar en España las responsabilidades políticas de los miembros gubernamentales.

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En contra de la imagen que se puede haber difundido en las últimas semanas, el proceso de selección del nuevo líder del PP muestra hasta qué punto este partido sigue siendo una estructura de poder sólida y en qué medida alberga esperanzas para resistir como principal partido del centro-derecha en España. Y también cuáles son sus puntos vulnerables.

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Toda formación de Gobierno es una declaración de intenciones, y un acto de comunicación política en sí misma. Por eso, no ha sido ninguna sorpresa que Pedro Sánchez haya convertido la elección y designación de sus ministros en la plasmación de un nuevo estilo respecto a su predecesor. En un contexto tan restringido para la acción gubernamental, como explicábamos el otro día, cualquier recurso simbólico permitirá alimentar las expectativas sobre el futuro de un Gobierno socialista con una ansiada nueva mayoría parlamentaria, más fuerte que la actual. Así, como hiciera recientemente Emmanuel Macron en Francia, la filtración escalonada e ‘in crescendo’ de los diversos nombramientos ha permitido prolongar el impacto ciclónico de su irrupción para suscitar una imagen de cambio político. Lo que para Aznar constituía un acto de unos minutos trazados en su libreta azul (imagen de un control del tiempo y del poder que quizá hoy ya no sería verosímil), Sánchez ha sabido alargarlo durante casi toda la semana.

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Quizá por eso, la gran preocupación del PSOE no va a ser tanto el mantenimiento de esta variopinta coalición como la imperiosa necesidad de ampliar la propia base parlamentaria del Grupo Socialista. Hay que tener en cuenta que la tenaz (o temeraria, según gustos) jugada de Sánchez con esta moción de censura triunfante es que le ha dado una patada al avispero en el que se había convertido la política española, con una apuesta de alto riesgo: o bien lanza ese panal bien lejos por unos años, o las avispas le devorarán y en las próximas elecciones no solo cerrará abruptamente su etapa presidencial, sino que arrastrará con él a su longevo partido.

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Lo interesante de los desenlaces imprevistos en política es que no solo abren súbitamente escenarios hasta entonces descartados. También nos ponen el descubierto algunas variables políticas que habían ido cambiando, quizá sin que nos diéramos cuenta, y que pasan a convertirse en fundamentales en el nuevo contexto. ¿Cuáles son esas variables que han aupado a Sánchez y que pueden transformar la dinámica política a partir de ahora?

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Nos encontramos ante una paradoja formidable: en esta situación ninguno de los partidos relevantes puede permitirse no hacer nada, aunque todos querrían que nada cambiara en el corto plazo. Me explico: ni los partidos de la oposición pueden permanecer impasibles (de hecho, todos han reaccionado con palabras tan contundentes que les podrían obligar a pasar a la acción), ni el PP debería poder resignarse simplemente a dejar languidecer su menguante base electoral. Y sin embargo, ninguno de ellos está dispuesto a ir a elecciones anticipadas en estos momentos, pero tampoco probablemente provocar un cambio de gobierno.

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La política española amenaza con transformarse en una lonja de pescado proveniente de las aguas nada frías de las emociones y sentimientos nacionales. Desde hace semanas, PP y Ciudadanos rivalizan en el nivel de dureza y patriotismo con el que tratar la cuestión catalana. La presentación de España ciudadana (una reedición de la plataforma Movimiento Ciudadano que el partido utilizó en 2013 para ampliar el perímetro electoral del partido) ha dejado la subasta en un punto alto. Los últimos posicionamientos del PSOE sobre el pensamiento de Quim Torra parecen ser un intento de sumarse a la puja. ¿Esta subasta de la hegemonía nacional es el hilo narrativo que nos espera de aquí al ciclo electoral de 2019 que abrirán las elecciones andaluzas? ¿Con qué consecuencias?

(En colaboración con Astrid Barrio).

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Debemos situar la polémica en torno a los prejuicios del president Torra en el contexto de una transformación de fondo en la política catalana. Una mutación que se está manifestando, de hecho, en muchas democracias occidentales, aunque sea en Cataluña (y a través de ella, por extensión, en el resto de España) donde ha encontrado un caldo de cultivo altamente propicio. Me refiero a la sustitución de la tradicional política de los intereses por una renacida política de la identidad.

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Hay un ‘momento Ciudadanos’, según el parecer de la mayoría de analistas políticos. En los últimos meses, el apoyo al partido en las encuestas ha subido de forma constante, mientras que sus rivales se estancaban o bajaban en igual forma. Metroscopia/El País incluso sugería un sorpasso de Ciudadanos a los dos grandes. J. Fernández Albertos apuntaba que ese aumento, además, parecía extenderse a nuevos grupos de electores. Peligra, en definitiva, la hegemonía que el PP ha tenido sobre el espectro de votantes desde el centro a la derecha desde hace más de dos décadas. Peligra el mayor logro de Aznar.

Pero Ciudadanos todavía tiene un talón de Aquiles: su vulnerabilidad competitiva y su fragilidad organizativa. No son dos problemas, sino dos caras de la misma moneda: Ciudadanos aún sigue siendo –a día de hoy- un partido menor, cuyas tremendas aspiraciones y expectativas superan el perímetro real de sus bases electorales y organizativas. ¿Cómo acompasarlas?

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El sistema de financiación de los partidos está cambiando, sin que sepamos muy bien hacia dónde, aunque la dirección está clara: se está reduciendo el dinero que ingresan los partidos por vías formales y fiscalizables para desarrollar sus tareas políticas.

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El 21-D pone de manifiesto que en Cataluña no existen mayorías silenciosas, ni mayorías para la ruptura. Solo hay minorías heterogéneas y fluctuantes, de las cuales la independentista es la más numerosa en estos momentos. Veremos ahora si los partidos siguen apostando a rentabilizar sus apoyos enfrentándolas entre sí, o si optan por representarlas para sumarlas y levantar con ello mayorías verdaderamente legítimas, centradas en la idea fuerza del reciente libro del primer ministro canadiense, Justin Trudeau: Todo aquello que nos une. Paradójicamente, para ello resultará más eficaz el discurso del PSC y de los comunes que el de los partidos más votados. Eso también lo han dejado claro las elecciones.

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Les élections du 21 décembre ont redonné la majorité au camp indépendantiste catalan, sans faire avancer une solution, analyse le politologue catalan Juan Rodriguez Teruel.

[Leer la entrevista por Catherine Gouëset en l’Express.]

 

¿Cuántas veces han oído a algún político llamar miserable a otro últimamente? En estos o parecidos términos, en Cataluña, muchas. El creciente recurso a tratar las diferencias políticas en términos de ruptura, de identidad o de pureza moral (dignidad, honestidad…) favorece las descalificaciones rotundas o, simplemente, el insulto. El procés contenía todos estos ingredientes: una revolución que aspiraba a quebrar un Estado y su marco constitucional para construir otro, promocionando (inevitablemente) unas identidades en detrimento de otras, y dotado de una ostentosa superioridad moral.

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Se les esperaba, pero su llegada no ha dejado de causar fuerte impresión. Los jueces irrumpen definitivamente en el ‘procès’ y se sitúan en el centro de él. Y con ello nos recuerdan que, pese a las proclamas de muchos, en el arreglo que ponga fin al procès (sea el que sea) el Poder Judicial y el Tribunal Constitucional también tendrán un papel protagonista. Con ello, España aportará un nuevo ejemplo de un fenómeno de carácter mundial, que va mucho más allá de la cuestión catalana. Ser trata de lo que el politólogo Ran Hirschl ha llamado la “judicialización de la mega-política”. Con él se refiere al creciente peso que están ganando los agentes judiciales en la resolución de asuntos que, hasta décadas recientes, quedaban reservados al mundo de la decisión puramente política, la “alta política”.

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La convocatoria de elecciones para el 21 de diciembre anunciada por el presidente Rajoy pone de manifiesto hasta qué punto el movimiento soberanista ha dejado perder la iniciativa política tras cinco años marcando el calendario del proceso. Una jugada maestra para muchos, pero que no evita la mayor de las paradojas que se darán el 21-D: el éxito de Rajoy será haber convocado unas elecciones en las que su partido cosechará un pobre resultado. Uno más.Si se confirman los pronósticos electorales, podría ser incluso el partido con menor representación de un Parlament hiperfragmentado.

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Hay algo que no me cuadra en todo esto. Me refiero a cómo la política española está abordando el artículo 155 CE y sus posibles efectos ‘perversos’ o ‘no previstos’ -más allá del desafío soberanista- sobre el conjunto del sistema político español.

A pesar de la gravedad con que Mariano Rajoy presentó el texto con que solicitará al Senado la intervención de la autonomía catalana, quizá no pudo evitar en su escenificación un cierto tono de agente judicial impartiendo una sentencia tan incómoda como implacable, antes que la imagen de un hombre de Estado junto a la orilla del Rubicón. No es el único. En realidad, así se está despachando, por parte de sus impulsores, la que puede convertirse en una de las decisiones políticas más trascendentales desde el restablecimiento de la monarquía parlamentaria hace cuarenta años: un mero recurso constitucional que busca efectos jurídicos para un problema jurídico, restablecer el Estado de Derecho en Cataluña. Un instrumento legal que podría haberse aplicado para un problema administrativo en Canarias hace unos años ahora se utilizará para una rebelión contra el Estado en Cataluña y – si funciona-… ¿por qué no en otras Comunidades en el futuro?

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This chapter analyses the presence of non-political ministers in the Spanish cabinet in the democratic period since 1977, where one out of five ministers did not belong to the ruling party at the time of her appointment and one out of three can be considered as a non-political minister. By observing the selection and deselection of these individuals, it shows the cabinet dynamic behind the ministerial appointments and the differences between the more political type of ministers and those coming from outside political pathways. Despite some outstanding exceptions, non-political ministers are often recruited from outside the parliament and have fewer chances to develop a relevant ministerial career, staying in the cabinet shorter than political ministers. Similarly, they are more likely to leave the cabinet due to a general reshuffle or to an electoral defeat than to intra-cabinet conflicts or problems arising with parties. In the end, the significant amount of non-political ministers reflect the strong ‘presidential’ tendency of Spanish politics, with the predominance of the prime minister in and out of the cabinet, and the influence of the multi-level dynamics of the political system in the ministerial recruitment.

[Enlace a la editorial.]

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