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Implosión catalana

Una de las claves de bóveda de nuestra democracia ha sido la implicación determinante del nacionalismo catalán en la gobernabilidad del Estado, incluso en momentos de mayoría absoluta de PSOE y PP. Y por eso, el engranaje de la política española permanece bloqueado desde que la sucesión fallida de Jordi Pujol acabara derivando en una implosión de ese espacio político.

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El veto a Pedro Sánchez

Ciudadanos protagoniza el ingrato papel del ladrón robado: un segmento significativo de votantes provenientes del PP que podrían convertirle en el primer partido de la derecha, si no de España, estarían ahora fugándose hacia Vox.

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La resistencia de Sánchez

En tiempos de frivolidad, quizá no debería sorprendernos que el primer libro de memorias del Jefe de Gobierno empiece hablando del cambio de colchón en la Moncloa. Tampoco que el resto de comentarios se hayan quedado en esa anécdota, dando por descontado el resto del libro. En realidad, las protomemorias de Pedro Sánchez ofrecen algunas claves interesantes sobre los cambios políticos que experimenta nuestras democracias. Por supuesto, no debemos esperar revelaciones excepcionales ni giros de película sorprendentes (tampoco un estilo literario como el de Semprún o calvo Sotelo). La evolución de la política española de los últimos cinco años es argumento más que suficiente.

Leído sin prejuicios, el libro refleja bien las dificultades que la élite dirigente del PSOE ha tenido que afrontar en un tiempo absolutamente convulso y adverso. Y aunque no se deducen de la obra ninguna teoría o modelo que haga de esta obra un verdadero manual, la historia de resistencia de Sánchez sí ofrece algunas lecciones a tener en cuenta.

De entrada, el libro nos habla de la desintermediación política. De cómo la desconexión entre los dirigentes del PSOE y una parte importante de su base social dio al traste con los intentos de renovación del partido basados en simples recambios de personal. La instauración de medidas de democracia interna chocó una y otra vez con el funcionamiento tradicional de un partido burocratizado u controlado por las élites intermedias. Por eso, la victoria final de Sánchez fue posible con la derrota de esos dirigentes territoriales, y la posterior concentración del poder en manos de la dirección federal, gracias al efecto desintermediador de las primarias y a los cambios que estableció después del 39º Congreso Federal. El libro no nos puede explicar todavía, claro está, cuales son todas las implicaciones de esta transformación orgánica.

Por eso, el libro también nos habla de la personalización de la política. De cómo Sánchez va interiorizando poco a poco la adopción de un discurso con aires populistas, en el que pretende representar la oposición de las bases ante unas élites difusas que nunca acabaron de aceptarle. Es ahí donde la combinación de fortuna y resiliencia convierten a Sánchez en un vivo ejemplo de las enseñanzas que Maquiavelo nos transmitió hace mucho tiempo: que te deseen y que te teman. El Sánchez de la primera etapa parecía conformarse con la estima. El Sánchez de la segunda etapa parece haber aprendido a ser temido. Y aunque el protagonista no es muy explícito en esa mutación, diversos pasajes dejan claro que su paso por el desierto de la política le permitió adquirir la audacia, o temeridad, que le permitiría después alcanzar la Moncloa.

Hay otras claves también a tener en cuenta, como su experiencia personal en los Balcanes, y el conflicto bosnio. Si Sánchez aspira a emplear la misma actitud y estrategia que admiró -en primera persona- en la política de Bill Clinton, podemos deducir que su política en Cataluña será bien diferente de la que ahora mismo centra la disputa en el espacio de la derecha. Tampoco debería pasarnos por alto su atracción por la política internacional, que se insinúa en algunos pasajes. Puede que el Presidente Sánchez acabe viendo la escena internacional como una posible vía de salida donde desarrollar su evidente ambición política cuando la escena política española le resulte demasiado pantanosa.

En el fondo, el libro de Sánchez nos depara un ejemplo de cómo los grandes partidos, y en particular los partidos socialdemócratas, tratan de adaptarse al cambio de la competición política que ha generado la aparición de nuevos partidos, la fragmentación de los electorados, y la polarización de la vida política. De momento, el de Sánchez es un caso de éxito ante el fracaso de muchos de sus partidos hermanos en el resto del Europa democrática. Como muchos otros líderes antes que él, supo cubrir sus aparentes debilidades y lagunas con un indudable intuición política. Por lo visto hasta ahora, una intuición más afinada que la de sus principales adversarios durante estos años. En este aspecto concreto, Pedro Sánchez es lo más parecido a Emmanuel Macron que hemos visto en la política española últimamente.

El plebiscito

Confiado en su audacia, Sánchez apuesta su enésimo todo o nada con el riesgo de una hipótesis inverosímil pero no imposible: que la derecha consiga la mayoría gracias a su división. No obstante, los sondeos más fiables apuntan a día de hoy, como resultado más probable, una reedición del escenario de bloqueo en el que vive el Parlamento español desde que la irrupción de los nuevos partidos y el proceso soberanista de Cataluña emponzoñaran los equilibrios tradicionales sobre los que se ha sostenido la democracia española de los últimos 40 años. Contra esos dos escenarios ha lanzado Sánchez su campaña relámpago, porque en cualquiera de ellos su continuidad como presidente podría resultar inviable.

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Hablar de un nuevo desafío para Pedro Sánchez ya ni siquiera es original. A pesar de que las próximas elecciones generales significarán otra vez un todo o nada para el líder socialista, quizá su resultado no sea tan concluyente como apuntan diversos sondeos y al final nos encontremos ante la reedición de escenarios de bloqueo. Algo sí es seguro: las próximas elecciones supondrán un nuevo paso en el proceso de personalización de la política española.

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En los próximos cuatro meses, la política española va a consistir en una lucha entre dos hipótesis políticas: la del desgarro de la izquierda frente a la del estancamiento de la derecha.

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Celebrity politics

Siempre ha habido un lugar para los famosos en la política. La única diferencia quizá haya sido el camino a la fama de cada época. En la vieja Roma de las legiones, el ejército proporcionó celebridades para dirigir el Imperio. En nuestras democracias de audiencia, los famosos provienen de los entornos mediáticos, especialmente de aquellos vinculados con el entretenimiento: deporte, cine, artes, ¿tertulias? Reagan, Eastwood, Schwarzenegger o el astronauta John Glenn (quien, tras una larga carrera como senador, regresó al espacio con 77 años) son algunos ejemplos de una larga lista de celebridades que decidieron liderar partidos para alcanzar el poder.

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Poco a poco empieza a clarificarse qué es y de dónde proviene la revuelta originada en Andalucía y personificada por Vox. El Barómetro de enero y los diversos sondeos publicados en las últimas semanas reflejan el ascenso paulatino del nuevo partido. Además, los datos del CIS aportan ya más que indicios sobre el origen de los apoyos que están aupando al nuevo partido.

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Por qué se rompe Podemos

Que la fuerza de Podemos está en declive lo refleja incluso la poco sorprendente, por previsible y esperada, última crisis. La decisión de Errejón de lanzar una candidatura propia es una forma de intentar alterar el curso que Podemos había tomado en los últimos tiempos. Y con ello, ensayar respuestas alternativas a los tres dilemas principales que han venido marcando el paso de la formación.

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El desenlace de la formación de Gobierno en Andalucía nos ha deparado una paradoja muy ilustrativa del nuevo terreno político abierto desde el 2 de diciembre: tras meses de polarización donde PP y Ciudadanos han competido por representar posiciones duras ante la cuestión catalana, las negociaciones para alcanzar un acuerdo sobre la presidencia andaluza les han obligado a defender un programa moderado que neutralizara la imagen ultra del partido que mejor ha capitalizado esa polarización, Vox.

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La polarización se ha convertido en el principal rasgo de la política española. Tras décadas en las que los partidos competían por votantes procedentes de ideologías diversas (mediante la denostada estrategia cach all o atrapalotodo), hemos pasado a lo contrario: asegurar el apoyo de los convencidos ofendiendo a los adversarios.

Los pocos datos de los que disponemos sugieren que el aumento de la polarización no es un rasgo exclusivamente de la política española. Pero aquí ha encontrado un terreno adobado. Como ya hemos analizado en algunos artículos, el proceso soberanista ha disparado la polarización en la sociedad catalana en torno al eje de la identidad nacional. Pero el conjunto de la política española también parece seguir esa línea. No es difícil pensar que la irrupción de Vox va a favorecer esa dinámica aún más.

No obstante, se trata de una polarización principalmente fabricada por los partidos, como un recurso fácil para mantener la lealtad de votantes cada vez más volátiles y menos dispuestos a aceptar las contradicciones de sus representantes políticos. Como muestra gráfico adjunto, los ciudadanos siempre han percibido a los partidos mucho más polarizados que a sí mismos. Pero en los últimos meses, desde el cambio de gobierno, la distancia entre la polarización de los partidos y la de los ciudadanos ha alcanzado una cota máxima desde el retorno de la democracia: casi dos puntos de distancia (según el indicador utilizado en una escala de 0 a 10).

Las consecuencias del uso extremo de la política de adversarios entre los partidos no son muy difíciles de pronosticar: incentivos para la competencia centrífuga y no centrípeta, consolidación de la política de bloques, disuasión para buscar el consenso en políticas y acuerdos entre partidos, reducción de los espacios para levantar reformas políticas y sociales, y sobre todo ruido. Mucho ruido: sinvergüenzas, miserables, golpistas, fascistas, enloquecidos, franquistas… Hay que reconocer que se está agotando el léxico para mantener el tono soberbio que parecen esperar los votantes, hasta perder el verdadero nombre de las cosas, como señala Mark Thompson en Sin palabras (2017). Pero estamos seguros que la imaginación de los políticos no se ha agotado aún.Sin embargo, debemos preguntarnos cuáles son los réditos a medio plazo que puede generar esa apuesta por la polarización. En la izquierda, ya son evidentes los signos de agotamiento para Podemos, que fue el principal beneficiario en los primeros años de esta dinámica de centrifugación. En la derecha, la polarización, que permitió a Ciudadanos recabar apoyos del PP sin alejarse demasiado del centro, ahora ha producido lo contrario: la llegada de un partido mucho más radical en su discursos sobre la identidad nacional y el tratamiento de las minorías, amenazando a Ciudadanos con quedar preso en esa disputa por el voto de derecha. Queda por ver hasta dónde podrá llegar la nueva dirección del PP, que ha comenzado abonándose a un discurso con pocos matices sobre la situación política catalana. El principal interrogante estriba en saber si Vox será capaz de hacer emerger una agenda política que rompa los consensos del período constitucional, y con ello pueda alimentar una deriva de radicalización entre una parte importante de votantes tanto de la derecha como de la izquierda.

Ahora bien, también puede suceder lo contrario: que la espiral de ruido que está produciendo la política de adversarios acabe agotando a los votantes, y genere con ello un nuevo valor a los políticos que sepan construir discursos de concordia y entendimiento con los adversarios. Si así fuera, y un amplio espectro de los votantes acabara deduciendo que la polarización puede ser contraproducente para afrontar los grandes retos de la sociedad española, podríamos esperar a medio plazo una un renacimiento de los discursos centrípetos. Ello podría pillar con el paso cambiado a aquellos líderes que en estos momentos adoptan un lenguaje sin matices y que ponen a prueba la coherencia entre sus palabras y la realidad.

La desintermediación política

Desintermediación: proceso de adelgazamiento y pérdida del monopolio del papel mediador entre el Estado y la sociedad ejercido por partidos, sindicatos, patronales, organizaciones de intereses, medios de comunicación tradicionales, entre otros, en beneficio de una relación más directa entre gobernantes y ciudadanos.

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El dilema de Ciudadanos

¿Debe Ciudadanos buscar la presidencia de la Junta con el apoyo agónico del PSOE y la tolerancia de la izquierda radical, o facilitar la alternancia cediendo la presidencia al PP de la mano de la derecha radical?

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Mensaje a Madrid: revuelta

En Madrid esperaban que estas elecciones andaluzas enviaran un mensaje para clarificar los escenarios de competición política de cara al ciclo electoral de 2019. Y el mensaje ha sido contundente: una revuelta del electorado. Aunque no tan clarificador: es cierto que esperábamos un torbellino en la derecha, incluida la entrada de Vox. Pero ese torbellino no se puede explicar sin la fuerte desafección electoral de centenares de miles de electores de izquierda. Y eso no estaba en el pronóstico.

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Se busca líder de la derecha

Con las elecciones andaluzas que se celebrarán el 2 de diciembre se abre un ciclo electoral que probablemente cerrará el período de transformación de la política española vivido en el último lustro. Cerrar no significa recuperar la estabilidad ni que el escenario político no siga cambiando. Pero tras estos cinco años, estamos en disposición de comprender mejor adónde nos ha llevado el trepidante tsunami que se produjo en 2013-2014. Se clarifica el escenario. Qué ha cambiado y qué consecuencias nos ha traído para la representación de los ciudadanos y para la gobernación de las políticas públicas. Es cierto que quedan algunas incógnitas pendientes: eso es lo que aclararán las urnas andaluzas.

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Agenda Pública cumple hoy seis años. En paralelo a otros blogs y medios digitales vecinos, también dedicados al análisis político o económico, nuestra irrupción pretendía contribuir a mejorar la conversación política entre expertos (académicos y analistas) y el público. Durante este tiempo, hemos coexistido con una polarización política creciente, dentro y fuera de la arena política española. Y la polarización ha marcado la forma no ya sólo en la que nos comportamos políticamente, sino en la que nos informamos e interpretamos la información política que recibimos.

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¿Dimitir ha dejado de ser un nombre ruso en la política española? Así lo sugeriría la vertiginosa renovación que está experimentando el Gobierno Sánchez, forzada por los escándalos que han afectado a algunos de sus miembros. La dimisión de la ministra de Sanidad, Carmen Montón, no sólo altera la celebración de los primeros 100 días de Ejecutivo socialista, sino que empieza a consolidar una nueva pauta en la forma de abordar en España las responsabilidades políticas de los miembros gubernamentales.

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En contra de la imagen que se puede haber difundido en las últimas semanas, el proceso de selección del nuevo líder del PP muestra hasta qué punto este partido sigue siendo una estructura de poder sólida y en qué medida alberga esperanzas para resistir como principal partido del centro-derecha en España. Y también cuáles son sus puntos vulnerables.

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Toda formación de Gobierno es una declaración de intenciones, y un acto de comunicación política en sí misma. Por eso, no ha sido ninguna sorpresa que Pedro Sánchez haya convertido la elección y designación de sus ministros en la plasmación de un nuevo estilo respecto a su predecesor. En un contexto tan restringido para la acción gubernamental, como explicábamos el otro día, cualquier recurso simbólico permitirá alimentar las expectativas sobre el futuro de un Gobierno socialista con una ansiada nueva mayoría parlamentaria, más fuerte que la actual. Así, como hiciera recientemente Emmanuel Macron en Francia, la filtración escalonada e ‘in crescendo’ de los diversos nombramientos ha permitido prolongar el impacto ciclónico de su irrupción para suscitar una imagen de cambio político. Lo que para Aznar constituía un acto de unos minutos trazados en su libreta azul (imagen de un control del tiempo y del poder que quizá hoy ya no sería verosímil), Sánchez ha sabido alargarlo durante casi toda la semana.

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Quizá por eso, la gran preocupación del PSOE no va a ser tanto el mantenimiento de esta variopinta coalición como la imperiosa necesidad de ampliar la propia base parlamentaria del Grupo Socialista. Hay que tener en cuenta que la tenaz (o temeraria, según gustos) jugada de Sánchez con esta moción de censura triunfante es que le ha dado una patada al avispero en el que se había convertido la política española, con una apuesta de alto riesgo: o bien lanza ese panal bien lejos por unos años, o las avispas le devorarán y en las próximas elecciones no solo cerrará abruptamente su etapa presidencial, sino que arrastrará con él a su longevo partido.

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